Si Dishonored fue la prueba de concepto de un diseño inmersivo brillante, Dishonored 2 es la confirmación de que esa fórmula no solo funcionaba… sino que podía crecer. Arkane toma todo lo que hacía bien el primer juego y lo lleva a un terreno más ambicioso, más refinado y, sobre todo, más moderno.
No es una revolución, pero sí una evolución muy clara.
Un salto generacional que sí se nota
A diferencia del primer Dishonored, que llegó justo al final de su generación, esta secuela se beneficia de hardware más potente. Y eso se siente desde el primer momento.
Los escenarios son más detallados, más vivos, con una iluminación mucho más trabajada y una sensación de espacio más orgánica. Karnaca, la nueva ciudad, tiene personalidad propia: es luminosa, decadente, exótica y peligrosa al mismo tiempo.
Aquí el mundo no solo se recorre, se observa. Hay más capas, más detalles ambientales, más historia implícita en cada rincón.
Libertad total: el alma del juego
Si hay algo que define a Dishonored 2, es su compromiso absoluto con la libertad del jugador.
Cada nivel es un rompecabezas abierto donde puedes:
- infiltrarte sin ser visto
- manipular el entorno
- eliminar enemigos de múltiples formas
- o simplemente improvisar sobre la marcha
Este enfoque lo coloca nuevamente en la misma conversación que BioShock: juegos donde el sistema importa más que el guion lineal, donde el jugador crea su propia experiencia.
Pero Dishonored 2 incluso empuja más esa idea. No solo tienes múltiples soluciones, sino múltiples formas de pensar el problema.
Y ahí es donde el juego brilla.
Gameplay: precisión, creatividad y control
El sistema de habilidades regresa, pero más refinado y variado. Poder elegir entre Corvo y Emily no es solo un cambio estético: implica dos estilos de juego distintos, con habilidades que modifican la forma en que interactúas con el mundo.
El diseño de niveles es, sencillamente, espectacular. Misiones como la mansión mecánica o el nivel con saltos temporales son ejemplos de creatividad pura en diseño interactivo.
Aquí no estás siguiendo un camino. Estás explorando posibilidades.
Cada decisión se siente tuya. Cada error también.
El problema persiste: personajes difíciles de tomar en serio
Pero no todo evoluciona de forma positiva.
El estilo visual de los personajes sigue siendo… complicado. Ese enfoque tosco, caricaturizado, con proporciones exageradas y rostros poco naturales, recuerda por momentos a una estética tipo Disney, pero sin el encanto que normalmente acompaña ese estilo.
El problema no es que tenga identidad —la tiene—, sino que rompe con el tono del juego. En un mundo que busca ser oscuro, político y serio, estos diseños pueden restarle peso emocional a ciertas escenas.
No arruina la experiencia, pero sí genera una desconexión.
No es el más popular… pero sí de los más sólidos
A pesar de su calidad, Dishonored 2 nunca alcanzó la popularidad masiva de otros títulos. Quizá por su ritmo más pausado, su enfoque menos accesible o simplemente por salir en un momento complicado del mercado.
Pero eso no refleja su valor real.
Porque este es uno de esos juegos que, cuando conectas con él, se vuelve difícil de soltar.







